sábado, 16 de abril de 2011

La rata


Janet llegó a su casa completamente adolorida del cuerpo, habían comenzado con las clases de basketball en su clase de gimnasia y lo único que quería hacer llegando a su casa era tomar un baño y recostarse el resto del día. Llamó a la puerta pero no había nadie, su madre siempre se enojaba si ella abría con sus propias llaves antes de tocar, decía que eso lo podía hacer cuando tuviera su propia casa y que si no tocaba seguramente no le iba a gustar lo que iba a ver. Era una mujer muy cuadrada.
Janet descartó cualquier posibilidad de que su madre estuviera en casa, así que abrió, colocó su abrigo en la mesita rústica que había al lado de la puerta y colgó las llaves en ese porta llaveros ridículo que le había regalado a su madre en su cumpleaños cuando ella tenía ocho años.
Miró el verdoso departamento, suspiro y se dirigió hacia la blanca cocina para prepararse un bocadillo. El piso de la cocina era de un mosaico molesto y resbaladizo, por lo que ella siempre prefería entrar descalza.  Dejó sus zapatos en la entrada de la cocina y abrió la puerta.
Un olor asqueroso llegó a su nariz, como si alguien hubiera defecado en toda la habitación, pero tuvo que dejarlo de lado cuando por detrás escucho que su abrigo se había caído de la mesita. Corrió para recogerlo y cuando volvió a la cocina el asqueroso olor había desaparecido.
Después de comer,   Janet se dirigió a su cuarto. Odiaba tener que pasar por el grisáceo pasillo que llevaba a la puerta del fondo donde se encontraba su habitación. La razón por la que lo odiaba, era porque estaba lleno de máscaras teatrales con distintos diseños (que Janet consideraba horribles) y que su madre coleccionaba. La que más odiaba era una máscara que tenía las facciones de una rata. Ella padecía de  musofobia y le rogaba a su madre que retiraran esa asquerosa máscara, pero su madre siempre le recordaba que precisamente ésa se la había regalado su difunto padre.
-Gracias papá- dijo irónicamente Janet y abrió  la puerta de su cuarto.
El olor estaba ahí de nuevo, pero esta vez más penetrante  que en la cocina. Janet se tambaleó para salir, pero al hacerlo, se topó con el espejo que había detrás de su puerta y entonces vio su cara volverse granosa y mojada, tenía yagas por toda la cara. Esto provocó que Janet diera un grito aterrador, pero cuando abrió la boca carente de dientes, no pudo producir ningún sonido. Escuchó entonces que su abrigo se había caído de nuevo y esto la distrajo. Cuando miró de nuevo al espejo su visión había desaparecido. Corrió a recoger el abrigo y escuchó como si una cuchara chocara con la olla con la que su mamá preparaba el ponche en Navidad.
Janet se acercó lentamente y abrió la puerta de la cocina. Lo primero que atrajo su atención, fue la envoltura de la sopa instantánea que había comido tiempo antes, lo peculiar era que en tenía inscrita en la envoltura la leyenda: “Bocadillo para ratón”. Janet comenzó a escupir un líquido negro y viscoso y sintió como si estuviera expulsando todas las víceras por la boca. La cosa ésa, tenía el color  y la consistencia del petróleo y podía ver su reflejo en él. Janet se hincó moribunda, el olor era asqueroso, y en ese momento, vio a su madre con un sartén en la mano. Cuando intentó gritar, su madre ya había golpeado su cráneo.
Janet despertó en un lugar que no conocía, pero era claro que estaba dentro de una ratonera, colgada de un gancho, completamente desnuda, y sentía cómo el gancho se clavaba en alguna parte de su cráneo.
-Te dije que no te iba a gustar lo que ibas a ver… pero como siempre Janet, igualita que tu padre, supongo que tendré que castigarte como lo hice con él-.
¿Mamá?, ¿eres tu mamá?- suplicó Janet a gritos escurriéndole fluidos por la nariz.
Comenzó a gritar furiosa cuando vio que lo que se acercaba hacia ella era una rata corriente que medía mas de 5 m con los ojos amarillos y de un color gris, muy parecido al color que tenía la mascara que odiaba. Janet trató de zafarse pero todos sus esfuerzos fueron inútiles.
-Sólo te pedí que tocaras la puerta Janet-. Dijo la rata con voz diabólica.
Y antes de que la joven pudiera gritar más, la gorda y asquerosa rata abrió su largo hocico dispuesta a comérsela.
-Te dije que tocaras la puerta-, escuchó Janet a lo lejos antes de desmayarse.

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