lunes, 18 de abril de 2011

A la deriva


Despierta a la madrugada
Juana lava la vajilla
 soñada, muere de nuevo
Al atrasar el tiempo … recuerda la palabra
Y mirando hacia arriba
el cielo le escupe la estupidez
de implantarse al bodoque
que abandonó una estrella quemada

Hubiera preferido cuidar un nido de boas
a quedarse sentada a la orilla del río
escurriendo memoria
de aquél que manchó de rojo la camisa del marido

De aquél que penetró a la cuñada
y descarado le compró a la hija
pero más miserable era ella al seguirle la marea

y sus venas hinchadas como orugas
suspiran al verla gritar de nuevo
Sola sola sola se queda
y espera a que alguien le manche de rojo la camisa

 Tal vez pronto sea el turno de manchársela ella
pero el radiante sol de primavera
le hace encontrarse con el momento
en que su hija jugaba a la jardinera.

Era una mañana demasiado hermosa

El Helado

Había sido el verano mas caluroso y para el momento en el que arribe el autobús mi helado casi se había derretido y comenzaba a jadear como un perro. Me senté en uno de los últimos asientos y de reojo observe a un hombre que miraba sollozo la ventana.
Parecía que dos grandes yunques de hierro descansaban sobre sus párpados pues semiabiertos contemplaban el quemante rayo del sol, se veía a leguas que era un hombre de clase baja y sus ropas, sudadas y cochinas, parecían haber sido ensuciadas por las pequeñas manos de una anciana.
Seguro regresaba de trabajar en algún pedido de albañilería y melancólico recordaba lo bien que se sentía la brisa de verano que chocaba con su cara cuando su familia lo recibía con un tibio abrazo.
Pero el poco sueldo que injustamente le depositaban, alcanzaba para una miserable merienda que consistía en frijoles con tortillas que no satisfacían el antojo de 4 chiquillos.
El hombre se dio cuenta de que lo estaba observando, y me volteo a ver como si estuviera sentenciándolo a algún tipo de castigo divino, había una gran culpa dentro de su pupila y después de mirarme con rencor a la cara, le hecho una mirada a la crema liquida que anteriormente había sido el helado que reposaba en mi mano; pero el hombre no pudo aguantarlo ; e histéricamente ladeo la cabeza hacia la ventana donde encontró la mirada con el tren subterráneo…

Simplemente no pudo aguantarlo y una lagrima caprichosa se escapaba de su ojo con delicadeza, entonces fue cuando creí entenderlo todo. El hombre volvía de la protesta que se había hecho contra la falla del metro hace dos días, la que había provocado un choque, en el que habían fallecido 200 personas, entre ellas La señora Pérez y sus hijos, el hombre simplemente no aguanto recordar el sabor del helado de fresa cuando rozaba la lengua del pequeño Juan, iluminándole los ojos de anhelo y esperanza, cosas que habían sido arrebatadas del hombre hace mucho tiempo…
Ya no pudo más, solo  escuche sus botas sucias correr... y vi su cuerpo caer de la puerta trasera del autobús, Era mi culpa.



El helado que se esparcía sobre mi sudada mano me despertó, el hombre seguía ahí, no había muerto, estaba mas feliz que nunca al sonrojarse por todo el helado que se  derramaba en mi ropa, la culpa seguía en su conformista mirada; pero estoy seguro que muy adentro de esa suspicaz pupila se encontraba escondido, un helado para el pequeño Juan.

La historia de Catalina Salas


Seca y arrepentida Catalina Salas admiró el vestíbulo
y con la pupila abierta, recordó marzo
cuando alguno que otro joven le soplaba flores en el escote.
Y ahora ni a mimoso le agradaba verla
ni siquiera el pedante felino, disfruta de sentarse  junto al pobre dinosaurio 
y abrazar un rato las manecillas del reloj a su lado

La fea se palpa las grietas
y melancólica recuerda, besando al alguacil del barrio
ese cobarde que al enterarse del futuro retoño
huyó a comprar el vicio y se ha tardado treinta y cinco años

Pero qué importaba si Cata había cumplido con su sueño
tener al bodoque más guapo de la colonia…
al más pedante, al más hostil, al más ingrato.
Juan Salas el último de los hombres que la habían abandonado
el malagradecido que prefiere cepillar hilos de oro
a cuidar a la zacate de su madre

Y pensar que mi abuelita me decía
que iba ser esposa de un famoso
que me ahogaría de oler tantos billetes
y que las joyas me darían consuelo de ser pobre cuando niña
Tal parece que los diamantes no sirvieron para nada
Tal parece que están mejor en casa del plomero
“En fin, nadie consigue lo que quiere
nadie obtiene lo que desea
nadie es feliz en esta vida"
decía la anciana eructando espuma por la boca...

Seca y arrepentida la señora Salas admira el vestíbulo
con la pupila abierta recuerda marzo
y espera que al menos hoy en el día de su funeral
alguien le sople una flor en el escote

sábado, 16 de abril de 2011

Rojos, Los dos rojos


¿Por qué tan sonriente? Susurro Dorotea una vez mas, tomando la pequeña revolver del cajón izquierdo de su buró.
¿Por qué tan sonriente hijo de puta? Y amarro a Don Armando a las extremidades de la cama.
Ella, hermosa, como de joven lo había sido, llevaba su vestido rojo, su pelo rubio suelto y pintada como una muñeca de porcelana. Desabrocho la camisa de su marido bruscamente.
¿Por qué no combinamos? ¿Por qué?... ah, me pone tan triste.
Las mujeres no somos simples muñecas mudas con ojos hermosos ¿sabes, mi amor?
Así como es lógico que si aprieto tu maldita garganta dejaras de respirar
¿Por qué no me ves a la cara? ¿La luna te esta volviendo loco no es cierto?
“El cielo esta tan bello Armando” “No tan bello como tus labios mi hermosa Dorotea”
¡Maldito hipócrita!
¿Qué de que me va servir matarte?, supongo que a mi de nada, seguirás brillando asquerosamente como las malditas estrellas después de apagarse a millones de kilómetros.
¿Por qué carajos no combinamos? ¿Por qué?... ah, me pone tan triste.
Y así la sombra de la estúpida luna me escupe en la cara, recordándome que jamás podremos convertirnos en uno mismo. Expuesta por siempre al estúpido oxígeno que continúa saliendo de tus pulmones.
Pero esas azules estrellas que alguna vez me llevaste a ver, coquetean con la luz de tu muerte, me quedare soñando en el paraíso que perdimos, todo porque no pudiste dejar de ser tan generoso con tu miembro.
Y hasta que esa maldita luz no se apague, el brillo de mi pasado permanecerá desenterrado, el solitario fantasma continuara paseándose por mi cuerpo
El brazo de Dorotea apretó la pistola fuertemente, y cubrió sus oídos con el estruendo de un delicado disparo.
La mujer se quedo observando como la sangre se absorbía en la camisa de Don Armando.
Al fin combinamos, mi vida, acaricio su mejilla, pude haberte amado si no fueras tan falso como el rojo que escurre por tu asquerosa piel.
Al fin combinamos, los dos rojos, ah… me siento tan feliz.

La regadera


Una vez más entré a la regadera, no había sido de mi gusto el mundo pasado. ¡Todo fue tan confuso! Parecía que por fin después de tantos años… bueno, al fin me estaba desvaneciendo.
Lo más gracioso era que por más que intentara cambiar ese asqueroso mosaico lleno de mugre, jamás pude lograrlo. Supongo que fue porque mi mundo era así, igual de hondeado que la cabina vacía en la que me encerraba cada vez que me quería cambiar de dimensión, pero por más veces que me cambiara esa regadera cada vez se ensuciaba más, porque poco a poco me daba cuenta de lo asqueroso que había sido el don que me habían otorgado, o mejor dicho,  lo que había descubierto. Es increíble lo que puedes descubrir tan sólo escapando un poco del mundo real.
En fin, volví a repetir el proceso una vez más. Agua fría, abierta tres cuartos, y la caliente a la mitad. Volví a poner mi cabeza y sentí el alivio del chorro del agua bajando por mi nuca, me encantaba sentir los escalofríos correr por mi espalda.
Dejé por un momento de pensar en los placeres que me producía la regadera, y pensé en el mundo al cual quería ir ahora. No era tan sencillo, bueno, siempre tenía que describir como quería que fuera. No físicamente porque siempre mi casa quedaba igual, mi casa iba a ser la misma, lo que podía cambiar era la situación sentimental en la que las personas habían estado, ¿me explico? Es decir, no podía regresar a nadie de la muerte, lo único que podía hacer, era sumergirme en esa cabina (mi regadera) y pensar en cómo quería cambiar el pensamiento de la gente.
Primero fue con mi familia, pero cada vez se extendía más. Era como una droga que no podía dejar, me refiero a que siempre cambiaba el juicio de las personas hacia mi persona, pero cuando salía de la regadera y convivía con mis nuevos familiares, siempre el teatrito terminaba arruinándose y tenía que volver a entrar a la regadera, algunas veces hasta vestido.
En cada ocasión todo terminaba en un problema más grande donde se involucraba cada vez más y más gente.
Mi hermana había muerto 273 veces, casi todas con un ataque de histeria y suicidándose. Mi madre 456,  me agradaba ese número porque era una secuencia de 3 dígitos. Ella siempre moría llorando y mi padre, mi padre no moría. Algunas veces pedía que existiera y otras no.
Deseé una vez más, salí de la regadera  y como de costumbre las habitaciones de mi casa no habían cambiado. Salí al patio y esta vez mis perros no estaban.
-No quiero más responsabilidades monótonas- dije. Con esto supongo que mis perros no podían existir.
-¿Mamá estás ahí?- Grité fuerte para que me oyera, pero no obtuve respuesta. Quizá esta vez no había aparecido por el tipo de deseo que había pedido.
-No quiero más ruido inoportuno- dije, así que supuse que eso no incluía a mi madre que casi siempre estaba pegada en el teléfono.
Me dirigí a la habitación de mi hermana pero cuando la abrí no habia nadie, tal vez el segundo deseo tampoco la incluía a ella. Pero no, quizá había sido el último, el número tres.
Siempre pedía tres deseos porque no quería confundirme con lo que había pedido. Además me daba una sensación como si me encontrara en una película mágica, como cuando era niño, y ahora se me había quedado como una costumbre.
Mi tercer deseo fue: “No quiero más insultos”. “No más golpes o patadas”. “No más llanto”, entendí por qué no se encontraba mi hermana.
Por ultimo abrí la puerta del estudio de mi padre y también estaba vacío, creo que era obvio. Esta vez no pedí que existiera puesto que el había sido el culpable al arruinar los 3 mundos pasados.
No había nadie… estaba solo. El juego por fin había terminado, mi vicio había cesado, y me dejó con un sabor de boca extraño.
Lo curioso era que ninguno de mis mundos me había producido placer alguno, sólo tenía la necesidad de cambiar mi vida siempre.
Todo había terminado, cada vez eliminé más gente, y ahora repudié a cualquier otra persona que hubiera conocido desde el momento en que nací.
Entré a la regadera. Esta vez no podía ver sus paredes. Todas estaban llenas de moho y de una especie de algas. Fría tres cuartos caliente a la mitad, introduje mi cabeza y dije:
-Ganaste… Ahora quiero morir-.

La rata


Janet llegó a su casa completamente adolorida del cuerpo, habían comenzado con las clases de basketball en su clase de gimnasia y lo único que quería hacer llegando a su casa era tomar un baño y recostarse el resto del día. Llamó a la puerta pero no había nadie, su madre siempre se enojaba si ella abría con sus propias llaves antes de tocar, decía que eso lo podía hacer cuando tuviera su propia casa y que si no tocaba seguramente no le iba a gustar lo que iba a ver. Era una mujer muy cuadrada.
Janet descartó cualquier posibilidad de que su madre estuviera en casa, así que abrió, colocó su abrigo en la mesita rústica que había al lado de la puerta y colgó las llaves en ese porta llaveros ridículo que le había regalado a su madre en su cumpleaños cuando ella tenía ocho años.
Miró el verdoso departamento, suspiro y se dirigió hacia la blanca cocina para prepararse un bocadillo. El piso de la cocina era de un mosaico molesto y resbaladizo, por lo que ella siempre prefería entrar descalza.  Dejó sus zapatos en la entrada de la cocina y abrió la puerta.
Un olor asqueroso llegó a su nariz, como si alguien hubiera defecado en toda la habitación, pero tuvo que dejarlo de lado cuando por detrás escucho que su abrigo se había caído de la mesita. Corrió para recogerlo y cuando volvió a la cocina el asqueroso olor había desaparecido.
Después de comer,   Janet se dirigió a su cuarto. Odiaba tener que pasar por el grisáceo pasillo que llevaba a la puerta del fondo donde se encontraba su habitación. La razón por la que lo odiaba, era porque estaba lleno de máscaras teatrales con distintos diseños (que Janet consideraba horribles) y que su madre coleccionaba. La que más odiaba era una máscara que tenía las facciones de una rata. Ella padecía de  musofobia y le rogaba a su madre que retiraran esa asquerosa máscara, pero su madre siempre le recordaba que precisamente ésa se la había regalado su difunto padre.
-Gracias papá- dijo irónicamente Janet y abrió  la puerta de su cuarto.
El olor estaba ahí de nuevo, pero esta vez más penetrante  que en la cocina. Janet se tambaleó para salir, pero al hacerlo, se topó con el espejo que había detrás de su puerta y entonces vio su cara volverse granosa y mojada, tenía yagas por toda la cara. Esto provocó que Janet diera un grito aterrador, pero cuando abrió la boca carente de dientes, no pudo producir ningún sonido. Escuchó entonces que su abrigo se había caído de nuevo y esto la distrajo. Cuando miró de nuevo al espejo su visión había desaparecido. Corrió a recoger el abrigo y escuchó como si una cuchara chocara con la olla con la que su mamá preparaba el ponche en Navidad.
Janet se acercó lentamente y abrió la puerta de la cocina. Lo primero que atrajo su atención, fue la envoltura de la sopa instantánea que había comido tiempo antes, lo peculiar era que en tenía inscrita en la envoltura la leyenda: “Bocadillo para ratón”. Janet comenzó a escupir un líquido negro y viscoso y sintió como si estuviera expulsando todas las víceras por la boca. La cosa ésa, tenía el color  y la consistencia del petróleo y podía ver su reflejo en él. Janet se hincó moribunda, el olor era asqueroso, y en ese momento, vio a su madre con un sartén en la mano. Cuando intentó gritar, su madre ya había golpeado su cráneo.
Janet despertó en un lugar que no conocía, pero era claro que estaba dentro de una ratonera, colgada de un gancho, completamente desnuda, y sentía cómo el gancho se clavaba en alguna parte de su cráneo.
-Te dije que no te iba a gustar lo que ibas a ver… pero como siempre Janet, igualita que tu padre, supongo que tendré que castigarte como lo hice con él-.
¿Mamá?, ¿eres tu mamá?- suplicó Janet a gritos escurriéndole fluidos por la nariz.
Comenzó a gritar furiosa cuando vio que lo que se acercaba hacia ella era una rata corriente que medía mas de 5 m con los ojos amarillos y de un color gris, muy parecido al color que tenía la mascara que odiaba. Janet trató de zafarse pero todos sus esfuerzos fueron inútiles.
-Sólo te pedí que tocaras la puerta Janet-. Dijo la rata con voz diabólica.
Y antes de que la joven pudiera gritar más, la gorda y asquerosa rata abrió su largo hocico dispuesta a comérsela.
-Te dije que tocaras la puerta-, escuchó Janet a lo lejos antes de desmayarse.